Tierra de nadie

 

Aquella ciudad estaba situada entre el País de la Derecha y el de la Izquierda. A lo largo de su historia había pertenecido, alternativamente a los dos países. Por eso estaba preparada para cualquier cambio súbito. En la mano alzada de la figura mitológica que adornaba en bronce el centro de la plaza, existía una rosca a la que se acoplaba fácilmente el hacha o la antorcha, símbolos de la derecha o de la izquierda. Los rótulos de las calles, giraban sobre un pivote transformando en un segundo un general de derechas en un entomólogo de izquierdas. Los cuadros del Mariscal Pilsen llevaban, en su parte trasera, la imagen del Presidente Moritz. Todo estaba preparado para esos cambios que con tanta frecuencia se daban y que transformaban a Berlinga –así se llamaba aquella ciudad- en una inmensa hacha o en un funeral de antorchas.

         DORMITANDO debajo de un hacha –estamos bajo el dominio de Pilsen-, que sustituye a la habitual campana, el jefe de estación de Berlinga cree en un sueño fantástico al aparecer en direcciones contrarias dos trenes solemnemente engalanados. Corre hacia las señales para evitar el choque, pero su esfuerzo es inútil. Pocos metros antes de juntarse, las máquinas frenan y los dos trenes quedan enfrentados junto al andén de Berlinga. Son dos trenes lujosos, blindados y oficiales. El Mariscal Pilsen y el Presidente Moritz bajan de sus vagones respectivos, desfilan ante sus compañías de honor, se dan la mano y más tarde se prometen paz eterna y trazan una nueva frontera. A partir de este histórico momento, Berlinga

 

 

ya no será totalmente de las derechas o de las izquierdas, porque a partir de este histórico momento la frontera entre las dos grandes potencias pasará justamente por en medio del pueblo dejando a cada habitante convertido en derecho o izquierdo según esté situada su casa. Y así, apenas firmado el tratado, dos especialistas, llevados de una minuciosidad geográfico-política llevada al milímetro, empiezan a señalar con cal blanca, como en los campos de fútbol, la línea que desde hoy será la frontera.

EN la estación dos viajeros de la sala de espera de tercera serán izquierdistas por fuerza y los de la primera, derechistas; en la escuela quedan a la derecha los bancos de los niños tontos; en el paseo la parte por donde circulan los muchachos, se la apropia el Mariscal Pilsen, mientras los muchachos han de colocar su mano derecha a la altura del hombro izquierdo cada vez que pasan ante una antorcha. La iglesia queda a la izquierda, el campo de fútbol en la derecha, el prostíbulo –por suerte- queda dividido en dos con habitaciones a ambos lados (Continuará)